Hay personas que, cuando llegan a un nuevo puesto, creen que lo primero que tienen que hacer es demostrar que han llegado. Se nota enseguida. Entran con energía, con ideas, con planes, con un PowerPoint mental de ciento treinta y siete diapositivas y con la necesidad, casi física, de mover algo cuanto antes. A ser posible, varias cosas. No vaya a parecer que han venido solo a pensar…
Lo curioso es que, en liderazgo, pensar suele ser bastante más útil que agitarse. Y esto ya nos da un indicativo claro: la prisa debe quedarse en el banquillo.
Cada vez estoy más convencido de que uno de los momentos más delicados de cualquier trayectoria profesional es el aterrizaje en un nuevo equipo. No tanto por lo que uno trae, sino por la tentación de creer que lo que trae basta. La experiencia ayuda, claro. La formación también. Haber liderado antes, por supuesto. Pero ninguna de esas cosas te ahorra una tarea esencial: volver a mirar. Y volver a mirar implica aceptar algo que no siempre nos gusta: un nuevo contexto exige una nueva lectura.
Uno puede haber dirigido equipos durante años, haber tomado decisiones complejas, haber aprendido de éxitos y fracasos y, aun así, equivocarse por una razón muy sencilla: pensar que ya sabe lo que pasa antes de haber entendido dónde está. Es una tentación bastante humana y bastante peligrosa. Por eso, la primera herramienta que debemos activar es la prudencia, porque es la que nos permite coger el ritmo adecuado, tomar perspectiva y contrastar antes de actuar.
Y esto es así por algo que, aunque resulte evidente, olvidamos con facilidad: no todos los equipos necesitan lo mismo. No todas las instituciones están en el mismo momento. No todos los procesos admiten la misma velocidad. Y no todo lo que funcionó en un lugar tiene por qué funcionar en otro.
Por eso, en toda transición importante hay una pregunta que conviene hacerse pronto: ¿qué necesita este lugar de mí ahora? No qué me gustaría hacer. No qué hice en mi anterior etapa. No qué cambios tengo ganas de impulsar para sentir que avanzo. Eso ya llegará. La primera pregunta buena es otra: qué necesita este contexto, este equipo y este momento. La respuesta rara vez aparece el primer día.
Por eso creo que aterrizar bien exige una virtud poco vistosa, pero decisiva: la pausa, que es muy amiga de la prudencia. No hablo de pasividad ni de instalarse en la contemplación eterna mientras el mundo gira. Hablo de esa pausa inteligente que permite observar antes de intervenir. Y observar me lleva a escuchar antes de pasar al diagnóstico, lo que me ayuda a comprender la situación real del equipo o de la empresa. En el liderazgo, como en casi todo lo importante, llegar deprisa no siempre significa llegar mejor. A veces, de hecho, significa aterrizar con demasiado ruido.
Pasan más cosas cuando alguien asume una nueva responsabilidad. Una de ellas es que sobre esa persona cae la presión de ofrecer resultados inmediatos. Es comprensible. Quien confía en ti espera movimiento. Y uno mismo siente, en ocasiones, la necesidad de justificar pronto su presencia. Pero conviene no confundir prontitud con precipitación. Una cosa es generar confianza; otra muy distinta, tomar decisiones prematuras solo para producir sensación de mando. Recuerda: la prisa no es amiga, es enemiga.
Los equipos notan enseguida cuando alguien llega con voluntad de comprender y cuando llega con voluntad de exhibirse.
He aprendido que los primeros meses no deberían vivirse como un tiempo para demostrarlo todo, sino como una etapa para leer bien. Leer las dinámicas, los vínculos, las inercias, los miedos, las lealtades, las fortalezas ocultas, el modo en que circula la comunicación, el lugar real de la confianza y también las heridas que a veces no figuran en ningún organigrama, pero condicionan muchísimo más de lo que parece. Hay equipos aparentemente ordenados que están agotados por dentro. Y otros que, en medio del desorden, conservan una salud relacional que hace posible reconstruir casi todo. Leer eso lleva tiempo y exige humildad. Otra clave más a sumar.
También exige desprenderse de un error bastante común: pensar que, si un equipo no funciona como podría, es porque no sabe hacer su trabajo. A veces ocurre, claro. Pero muchas otras no. Muchas veces las personas sí saben trabajar. Lo que sucede es que nadie les ha ayudado a mirar su tarea desde otro ángulo, a coordinarse mejor, a crecer en una cultura más consciente o a encontrar formas nuevas de hacer lo que ya hacen. No siempre hace falta sustituir. Muchas veces hace falta acompañar, ordenar, alinear y abrir posibilidades. De hecho, yo aconsejo empezar por ahí.
La tendencia a infravalorar a los equipos cuando uno llega nuevo dice más del líder que del equipo. Hay quien aterriza como si todo empezara con él. Como si antes no hubiera habido esfuerzo, dedicación, inteligencia o compromiso. Como si su llegada viniera a inaugurar, por fin, el tiempo de la sensatez. Supongo que todos hemos conocido alguna versión de ese personaje. No suele dejar una huella especialmente luminosa.
Yo prefiero otra mirada.
Prefiero pensar que, cuando uno llega a un nuevo lugar, se incorpora a una historia que ya existía. Y que liderar bien no consiste en borrar esa historia, sino en comprenderla, honrar lo valioso que contiene y ayudar a abrir el siguiente tramo del camino. Eso no elimina la necesidad de tomar decisiones, ni impide introducir cambios, ni significa dejar todo como está. Significa, simplemente, que la transformación no necesita soberbia para ser real. Necesita lucidez.
Por eso me parece tan importante que los primeros pasos en un nuevo liderazgo estén marcados por tres movimientos interiores. El primero es escuchar más de lo que apetece hablar. Tenemos dos orejas y una boca; por algo será. El segundo es resistir la ansiedad de intervenir en todo, esa manía tan extendida de querer controlarlo todo. El tercero es buscar pequeñas victorias que generen confianza sin desfigurar el proceso. Los cambios profundos rara vez empiezan con grandes discursos. Eso puede motivar de entrada, sí, pero se apaga si no hay nada más. Suelen empezar cuando el equipo percibe que quien lidera comprende, sostiene y orienta sin atropellar.
Al final, aterrizar bien no es un detalle menor dentro del liderazgo. Es parte del liderazgo mismo. De cómo llegues dependerá, en buena medida, cómo te lean, cómo te crean y cómo decidan caminar contigo. Un mal aterrizaje puede hipotecar meses. Uno bueno no resuelve todo, pero crea condiciones para que muchas cosas empiecen a ordenarse de forma más ágil. Sí, lo siento: aterrizar bien es un buen paso, pero es el primer paso, no el último.
Ten muy presente que una llegada lúcida, humilde y bien leída suele preparar el terreno para que después las decisiones importantes encuentren su momento. Así que, antes de querer despegar un proyecto, conviene aprender a tomar tierra.
Y eso, aunque no siempre luzca demasiado en LinkedIn, sigue siendo una de las formas más inteligentes de empezar.
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